Debajo de la piel, el cuerpo es un conglomerado de fibras y viscosidades. Tanta invisible intimidad, tanta materialidad oculta, parecieran ser ajenas a lo que –de cotidiano- concebimos como “humano”. Por ello, nuestra exterioridad constituye la expresión evidente y socialmente aceptada de nuestra naturaleza. Sin embargo, a lo largo de la historia del arte numerosos artistas han aceptado hurgar más allá de la piel, en una indagación que supera los lineamientos limitadísimos del “gusto imperante”, para alcanzar las revelaciones del verismo, en tanto poética abierta y trascendente. Egon Schiele, Otto Dix, Francis Bacon y Lucien Freud –pero también Matías Grünewald, Andrea Mantegna, Miguel Angel Buonarroti o Leonardo da Vinci- son algunos de los creadores más importantes de la historia del arte que han visto, a través de la piel del cuerpo, la expresión manifiesta de la tumultuosa interioridad del mismo. Y gracias al legado de maestros como los antes citados, la mirada analítica de la representación corporal ha devenido en una tradición que pondera la capacidad expresiva del trabajo artístico sobre sus demás cualidades.
En los últimos años, en otros contextos –como el de los medios- la dilatación de la permisibilidad visual ha rayado en el cinismo. Esto ha producido una operación doble, no del todo gratificante: junto a las plausibles democratización y apertura icónicas, se ha dado también una insuficiencia formativa. El campo de “lo visible” ha permitido, así, un “poder ver” cada vez mayor y para más personas, sin que éste vaya aunado a una capacitación de las mismas para el discernimiento. De esta forma, para ver un cuerpo abierto, no es necesaria ya la vocación de un Rembrandt abriéndose paso entre las penumbras y las miradas analíticas de estudiosos de la anatomía, sino solamente la morbosidad satisfecha en la opaca superficie de diarios-adefesios-bocadillos-del analfabetismo funcional (promovido por el “Extra” o el “Policiaco”, por citar dos familiares ejemplos).
De esta forma, pese al cúmulo de cambios, en nuestra época se ha mantenido en manos de los científicos y los artistas la posibilidad de representar el cuerpo humano bajo la óptica del conocimiento y la sugerencia verdaderos. Las lecciones simbólicas del cuerpo esencialmente las obtenemos de las formas creadas por el arte, en tanto procesos de amorosa paciencia y erotismo transfigurado. Así, a través del ojo dirigido por una cámara que pinta el y en el espacio, hemos asistido –gracias al cineasta Peter Greenaway- al desdoblamiento de una piel convertida en pergamino; conducidos por las modulaciones del acero, hemos encontrado en las esculturas de Lynn Chadwick la tersura de figuras coronadas por las variantes caras de la geometría; y nos impactan –por su explicites homosexual- los modelos de Mapplethorpe retratados sobre el alto contraste de los fondos y las convenciones morales.
...podemos encontrar en nuestro ámbito inmediato un artista abocado a ofrecernos una concepción transformadora de nuestra visión del cuerpo. ...Nacho Valdez, quien por medio de la creación y manipulación de imágenes a través de la computadora, ha llegado a una dramática y exigente propuesta de desnudos en la serie de costuras y remiendos, formada también por trabajos dibujísticos y pictóricos que consolidan un lenguaje que deviene menos concesivo cada vez.
...En de costuras y remiendos, la desnudez femenina se ve reconstruida, unificada luego de violentaciones provenientes de una angustia que el autor reconoce como suya, pero que logra enraizarse inmediata y profundamente en los espectadores. Todo cuerpo horadado o tasajeado es sujeto de la máxima violación de su integridad. Y si el cuerpo es sustancialmente la piel que lo cubre, una ruptura o un corte marca su disolución como superficie unitaria. Así, la verdadera fragilidad de un cuerpo desnudo consiste en su insoportable desgarramiento. Porque con esa perversión, la fuerza de la belleza íntegra se abisma hacia distintos vacíos. Por lo anterior, interpreto como actos de amor todas las acciones reconstituyentes que Nacho pone en práctica a lo largo de esta nueva serie. La corporeidad de sus modelos es recuperada y redimida a través de costuras y remiendos, aunque su belleza ya no es la misma. Ahora muestra las marcas de su paso por el mundo. Ha sido violentada por la realidad, que no es piadosa, ni mucho menos preciosista. Así, en una obra la desnudez puede igualmente relacionarse con tijeras que resaltan la belleza de un pubis, mientras que en otra convive con alas arrancadas y dispuestas virtualmente para el vuelo, más allá del pudor.
Estas son las nobles –casi milagrosas- tareas del arte en las que actualmente se embarca nuestro autor. Y sólo desplegando una fe verdadera es como Nacho, el artista, puede convertir en frutos de luz los despojos de una degradación...
Valdemar Ayala Gándara